De ahí que los acontecimientos de los últimos meses hayan suscitado mi interés por el tema cívico-político, impulsándome a rebelarme contra el desasosiego y la apatía, que como niebla espesa, cubrían toda noticia que recibía desde Ecuador en el Extranjero. Salí del país hace 5 años para estudiar Derecho en
Pierdo la confianza en el porvenir de Ecuador cuando veo que la forma de hacer política se repite y no evoluciona. En campaña se pretende cautivar al pueblo con discursos demagógicos y populistas. Los promulgan con fervor, “altivos” caudillos de turno que instrumentan sus engaños a las masas a través de un micrófono y una tarima, con globos de colores y bailarinas que se menean al son de una cumbia. Una vez electos la fiesta continua en el Estado piñata al que apalean para que caigan los caramelos. Hasta que llega la dinámica del “el golpe” y las recurrentes caídas de gobiernos que no son ya un episodio aislado, sino el común denominador de estos últimos 10 años.
Sin embargo no puedo permanecer indiferente al ver que la frágil democracia pender de un hilo. En resumen: Ha surgido un todo poderoso TSE que descabeza a cualquier opositor con la excusa de obstaculizar
El Congreso es la institución fundamental en un Estado democrático, independientemente de las valoraciones o calificativos que le atribuya la gente, el Congreso debe existir, es un absurdo pretender disolverlo argumentando que ha sido corrupto. Con el mismo argumento deberíamos disolver el Ejecutivo dado el nefasto precedente que ha marcado en la historia.
Las resoluciones dictadas por el TS y TC son deliberadamente irrespetadas y carecen, por lo visto (por consenso social) de fuerza vinculante y de un poder coercitivo que las respalde. Lo jurídico ha perdido la virtud de la certeza. Los juzgados y Tribunales han olvidado el principio de imparcialidad e independencia atendiendo a intereses particulares.
El Ejecutivo gobierna vía decretos de emergencia, destinando millones de dólares de fondos de contingencia a proyectos, sin duda urgentes, pero que no son fiscalizados propiamente ni producto de licitaciones transparentes.
Se ha instaurado el caos y la confrontación, con brotes de violencia que no fueron debidamente repelidos ni condenados. Se está avivando las llamas de resentimiento social con reivindicaciones válidas pero mal conducidas. El Presidente utiliza adjetivos no propios de un diplomático para insultar a la prensa, a los canales de televisión, a los banqueros, a
Así, en este nuevo socialismo del S. XXI se augura el incremento del aparato estatal, caldo de cultivo perfecto para que se geste más corrupción y se paguen favores con plazas de trabajo. Reiteradamente se dan muestras inequívocas de un rechazo al dólar para remplazarlo “algún día” por una utópica moneda sud-americana. Todo ello sumado a un Ejecutivo en constante campaña electoral que duplica bonos e incrementa el gasto social sin tener, a largo plazo, los recursos para solventarlos. El gobierno no se ha privado en hacer substanciales gastos en propaganda política, en trasladarse a los más recónditos lugares a dar discursos feroces y descalificar a sus oponentes. Amenazando que si no gana el Sí, en Su Consulta, se va a la casa. Bajo ese escenario de incertidumbre y crisis la economía se debilita y se ahuyenta incluso al más arriesgado inversor extranjero.
Se nos viene una apresurada Asamblea Constituyente Plenipotenciaria de la que más de la mitad de la población no tiene idea ni comprensión de sus funciones y alcances. Lo que supone un riesgo, cuando hasta el día de hoy no se ha planteado una agenda concreta, mucho menos unos límites. El Estatuto que nunca se debatió y la serie de irregularidades que se fueron sucediendo resta legitimidad a ésta, la próxima, de las tantas Constituciones que seguiremos teniendo. Hasta que no se llegue a un consenso amplio que refleje la pluralidad de sectores que componen nuestro país, veremos transitar por el podio Constituciones y personajes políticos de variopintas tendencias e ideologías. Es esencialmente esta falta de coherencia y continuidad por lo que creo necesario alzar mi voz en actitud cívica y llamar a la reflexión del votante, ya que es precisamente él, quien con su voto a forjado la política ecuatoriana y sus lamentables resultados.
Yo me opongo a prestar mi voto para que se hagan otra vez experimentos (ya van 19), para lanzarme al vacío de espaldas con la sola esperanza de que la revolución ha llegado. De ahí que no debamos dejarnos llevar por los discursos y la retórica populista, sino por el contrario ser críticos y desconfiados. Exigir trabajo, educación, vivienda, salud como prestaciones obligación de un Estado Social y Democrático de Derecho y no como dádivas del político de turno.
Este es el momento de involucrarse y actuar, opinando, exigiendo el cumplimento de la ley y el respeto a los derechos. Es nuestra obligación dejar de ser ciudadanos pasivos para reclamar un país donde haya orden y justicia pero sin arrebatos ni autoritarismos, antes de que “la revolución” degenere y azote con más pobreza y violencia a un país ya devastado por nuestra fe ciega en la política.
Gabriel Crespo Burneo.
Presidente de
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